En Primera Persona: Amamantando con Relactador

publicado a la‎(s)‎ 15 ene. 2012 12:17 por Veronica Garea   [ actualizado el 15 ene. 2012 12:42 ]
Dos hijas, dos experiencias de lactancia diferentes. Marina comparte con nosotros las historias de sus dos lactancias, en especial la de la segunda en la que tuvo que recurrir a un relactador. Suena complejo, difícil, extraño, pero es una herramienta muy útil poco usada por falta de información. Gracias, Marina, por compartir tu historia.


Cambia, todo cambia con cada hijo. Violeta nació por cesárea y pude darle el pecho sin problemas durante un año. Fue muy importante para nosotras poder hacerlo. Ella comenzó el jardín de infantes a los seis meses en mi lugar de trabajo y gracias a la teta yo podía ir varias veces al día a darle de comer. Cada vez que una de las dos lo necesitaba, en pocos minutos podíamos estar juntas.  Traté de prepararme antes de que naciera porque tenía mucho miedo de no poder darle de mamar (había leído y hablado con otras madres y con mi psicóloga durante horas y horas). Y cuando ella nació, las puericultoras de la maternidad me ayudaron muchísimo, tanto durante la internación como cuando ya estábamos en casa. Han pasado 13 años y todavía sigo agradecida repitiendo sus consejos.

Imagen: Marina y Juana. Cedida al GALM Bariloche, prohibida su reproducción.

A los tres años y medio nació Juana, también por cesárea. Mis pezones ya estaban listos y ella se prendió bien al nacer. Parecía que todo iba a funcionar como con Violeta hasta que a los 3 días de salir del hospital le aparecieron unas ampollas en la piel. La llevamos al hospital y allí nos dijeron que debía quedarse internada en neonatología para controlar la infección. Si bien sólo le suministraron medicación local, ella debía permanecer bajo supervisión en la neo de cuidados intensivos. Durante la primera noche, yo me quedé en un banco esperando que me dejaran verla cada tres horas. Después de verla a las seis de la mañana volvimos a casa para explicarle a Violeta dónde estaba su hermana. Al hacerlo, ella me miró y me dijo: “mamá, ¿la dejaste sola?”.  Si bien traté de explicarle que estaba con los médicos, en ese momento me di cuenta de que yo debía irme al hospital y no regresar hasta que Juana no fuera dada de alta.  Y así fue. Las enfermeras de neo, Al verme ahí plantada, me dejaron pasar y estar todo el tiempo al lado de Juana. Estuve en una silla cuatro días dándole la mano y el pecho cada vez que pedía. 
La infección desapareció y Juana pudo volver a casa. Había perdido mucho peso y se dormía a los pocos minutos de prenderse al pecho. Tenía que estar estimulándola todo el tiempo para que chupara. Igual, no engordaba lo suficiente. Recuerdo que Abel (Dr. Monk, pediatra de ambas desde que salieron de la maternidad) me decía que no podía seguir aumentando solo 18 g por día. Él entendió y respetó mi deseo de darle el pecho y mis miedos de que dejara de mamar si le daba mamadera. Así fue que sacó de su carpeta un fax que Fundalam le había enviado alguna vez. En el explicaban claramente cómo armar y usar un relactador. Así me enteré que el método se usaba incluso en madres adoptivas para intentar estimular la producción de leche. Tenía que darle dos veces por día con el relactador y llevarla todos los días al consultorio de Abel para que la pesara. No podía hacerlo yo por mi cuenta. El quería hacerlo en su balanza y pesarle el pañal hasta que llegara a aumentar 30 g por día. 


Volvimos a casa con una cánula, una cinta para pegarla al pecho, una mamadera, muchas ganas de que ella engordara y de que yo comenzara a producir más leche. Sin embargo, no era todo tan sencillo como parecía. Con sus pocos días de vida, Juana no quería agarrar el pezón cuando descubría la cánula. Debía ponérsela en la boca  disimuladamente. Cada tanto se salía o la escupía y yo debía volver a ponerla bien pegada al pezón. Mientras hacía eso debía tener la mamadera con la otra mano e ir bajándola o subiéndola para que la leche saliera con la presión adecuada. Además, debía tocarle el cachete cuando se dormía rápidamente y atender a Violeta, que se me subía cuando veía a Juana prendida en mi pecho. Su papá o quien estuviera allí debía inventar algo para que se distrajera y yo pudiera a solas darle de mamar. Hasta ayer no podía decir cuánto tiempo nos acompañó el relactador. Tuve que pedirle a Abel que revisáramos su historia. Entonces recordamos que primero se le daba dos veces y luego una vez por día entre su primera semana y los 5 meses. En ese momento, el relactador fue reemplazado por un yogurt diario. Él recordaba la información que me dio. Yo todavía me acuerdo cómo me felicitó y cómo me sentía por ser la primera madre, entre todos sus pacientes, que había logrado usar el relactador con éxito. Y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño.

Cómo armar  y usar un relactador. Más información sobre el uso del relactador.

Este documento tiene fines informativos y no reemplaza la atención médica.

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